BOLETIN noviembre de 2021

Queridos amigos

Este mes nos complace enviarles un resumen del capítulo principal de la obra publicada el 10 de abril de este año 2021 por nuestra amiga teilhardiana española Lola Poveda, que es miembro de la Junta Directiva de la Asociación Española. El título de su libro es Materia – Energía – Espíritu, Apuntes para un diálogo con Teilhard de Chardin, y el capítulo resumido aquí por ella, que trata de la Conciencia-Energía de Teilhard, “puente indisociable entre Materia y Espíritu”, es su capítulo central.
Le damos las gracias a Lola y les invitamos a sumergirse en su presentación.

Saludos cordiales,

Marie-Anne Roger, Dominique Delalande, Philippe Durandin, Jacqueline Quéniart.

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LA CONCIENCIA ENERGÍA: EL «AUTOCONSCIENTE» Lola Poveda

(Extracto del capítulo en: Materia-Energía-Espíritu. Apuntes para un diálogo con Teilhard de Chardin AUTOEDICIÓN Granada 2021 ISBN: 978-84-09-29925-6)

Antes de iniciar este capítulo que reconozco el central de mi propósitoquiero recordar la pregunta de Teilhard en la carta que dirige al Abbé Breuil desde China el 12 de julio de 1941 y con la que me siento en total sintonía:

¿No es este el momento justo para que un católico hable abiertamente y como cristiano en líneas determinadas por el mejor pensamiento científico de la actualidad?.

No tengo tanto interés por mostrar los avances occidentales sobre el concepto de Energía o de Conciencia Energía, como ratificar que Teilhard fue un pionero en presentar la Conciencia Energía como puente inseparable entre la Materia y el Espíritu. Ya en uno de sus primeros escritos, El Medio Místico (1917), que desarrolló más tarde en El Medio Divino (1926-27), introduce la Energía entre los Cinco Círculos: la Presencia, la Consistencia, la Energía, el Espíritu, la Persona.

Un texto de Teilhard puede darnos una clave del impulso que nos hace sospechar que, en nuestra evolución biológica tiene que haber “otro espacio” desde el que ver y vivir. Lo escribe en noviembre de 1950, en París, y es curioso que se explicita su datación: con ocasión de una conferencia dada para el Congrès Universal de Croyants, escrito en casa del señor de Saint-Martín, Place des Vosgues. (…)

Ese impulso, capaz de ayudarnos al «salto» de una Nueva Conciencia, Teilhard lo cifra en la «afición por vivir». Algo que implica el «querer sobrevivir», el «querer vivir bien» y «querer supervivir» (AE 201-212). Lo que Blondel y su amigo Edouard Le Roy habían denominado el «querer profundo».

Por «afición por vivir» o «afición por la vida» entiendo aquí, en primera aproximación, esa disposición psíquica, a la vez intelectual y afectiva, en virtud de la cual la vida, el mundo, la acción nos parecen, en conjunto, luminosos, interesantes, sabrosos.

De este sentimiento vital despliega tres reflexiones que me parecen importantes para dar un contexto al despertar de la Conciencia:

no se trata de nada menos que de la energía de evolución universal que, en forma de atracción innata por el ser, brota misteriosamente en el fondo más primitivo y, por consiguiente, de cada uno de nosotros.

De lo cual deduce:
que de nosotros depende parcialmente alimentar y desarrollar esa energía.
por una operación supremamente vital cuya parte más delicada se confía al saber-hacer y al poder-hacer de las religiones.

Esta energía «conciencia organizada» es el “rescate” corporal de el juego combinado de las fuerzas gravíficas y electromagnéticas que tienden a perder su importancia en beneficio de los ínfimos, pero extraordinariamente activos, núcleos de sustancia organizada.

La inquietud por el «despertar de la conciencia» es una de las provocaciones de nuestro tiempo. Se hace imposible evadirse de la misteriosa interacción del cuerpo y el espíritu que revela la afición por la vida: nudo central y privilegiado en verdad, en el que, en la economía del universo supremamente orgánico, se descubre una vinculación supremamente íntima entre Mística, Investigación y Biología.

Con este ánimo y desde la experiencia por la que llegué, no sólo a informarme sino a poder vivir en la Conciencia Energía, reconozco que este tema ha logrado «aumentar» e «inflamar» los «ardores» de mi alma. Debo a ello mi interés por no dejar de vivirlo ciencia del viviry de transmitirlo.

El término Conciencia Energía, es cierto, no ha entrado aún en nuestro discurso, o al menos no lo ha hecho con la misma naturalidad y certeza con que lo han hecho los datos aportados por la Conciencia Mental, reflexiva o «consciente». Desde el pensamiento mágico, la energía se publicita desde lo esotérico o paranormal. Desde el pensamiento mítico se crean héroes y fantasías de futuro. Desde la mente, la resistencia es evidente ante «lo desconocido» que no puede ser conceptualizado y evaluado con sus parámetros de inducción y deducción, análisis y síntesis. Ha sido el contacto con Oriente el que ha incorporado “socialmente”, en Occidente, la palabra Energía como fenómeno corporal.

Einstein ya habló de una Materia-Energía como una invariable física. La Ciencia comienza a sospechar que hay algo macrocósmico en el cerebro no medible con los métodos conocidos; que el fotón puede realizar funciones vedadas al protón y al neutrón del átomo o que el ADN no es todo lo que define a un ser humano como tal, en el horizonte del Genoma Humano, además de ser un elemento mutante de su naturaleza.

Claude Cuénot, su biógrafo, recoge el testimonio de una carta (30/5/1925) evocadora del hexámetro de La Eneida que figuraba en el escudo familiar: Es de fuego su energía y celeste su origen (Ineus est ollis vigor et celestis origo). En la carta, Teilhard le decía: Rogad para que en ningún caso me deje de arrastrar por otra cosa que “el Fuego”.

La cardióloga y física francesa Thérèse Brosse, en su libro Conciencia Energía describe su encuentro con Teilhard: (…) El elemento energético de los fenómenos conscientes ha sido puesto de relieve especialmente por Teilhard de Chardin. En una ocasión hace unos 25 años- , en que las circunstancias de la vida nos hicieron coincidir personalmente, me abordó diciéndome: « Thérèse Brosse, Vd. ha escrito que la Conciencia es energía; estoy completamente de acuerdo». Yo le respondí entonces: «Su condición de jesuita tal vez no le permita estar igualmente de acuerdo conmigo si le digo que no creo en la infalibilidad del Papa». Y el padre Teilhard añadió: «Es mucho más importante creer en la energía de la Conciencia que en la infalibilidad del Papa». Y continúa la Dra. Brosse: Este gran científico escribía en 1937: «Todavía un poco más, lo que hasta ahora no era sino la ciencia humana habrá sido reemplazado por una ciencia del hombre… voy a intentar hacer tomar conciencia de esta nueva orientación, trazando las grandes líneas de una energética humana» (CE 61) (L ́Énergie Humaine Ed. du SEUIL, 1962 pág. 145).

En carta a Claude Rivière, su entrañable amiga de China, da a la Energía el nombre de Conciencia: Y no ceso de maravillarme de la facilidad con que el Mundo se descompone, se recompone, se prolonga indefinidamente, gracias a la tríada Complejidad-Consciencia- Unión (ChT 295 22/1/1943). La Complejidad es la Materia, La Consciencia es la Energía y la Unión es la plenitud del Espíritu.

La Conciencia Energía, «energía espiritualizada» es un estado superior y más sutil que las energías físicas conocidas pero con las que Teilhard las vincula por su poder integrador:.. si la energía espiritualizada, a diferencia de las energías incorporada y controlada, desborda las dimensiones de lo físico-químico, ¿quién podrá dudar de que las engloba? ¿De dónde le vendría, si no, su potencia animadora de los cuerpos y también sus uniones íntimas con el estado general del Mundo en un momento dado?.

Todo sucede, en suma, como si cada individuo humano representara un núcleo cósmico de naturaleza especial, irradiando alrededor de sí ondas de organización y de alertamiento en el seno de la materia. Un núcleo semejante, tomado con su aureola de animación, es la unidad de la Energía Humana (EH 126).

Todos podemos acceder a la Conciencia Energía como una realidad que nos pertenece y a la que nos encaminamos. En la etapa mental, salvo excepciones evolutivas inconscientes, el acceso, en Oriente menos mental, en cuanto intelectual, que Occidentepuede alcanzarse a través de caminos como el yoga (camino del «prana», la «energía vital»), el zen (La «iluminación» como «visión del ser»), el taichí (El movimiento corporal de la energía), la acupuntura (apertura de canales energéticos) que conducen al despertar del sistema energético en la anatomía corporal. Algunos autores lo han definido como «experiencia cumbre» vivida, ocasionalmente, ante un encuentro con la naturaleza o una determinada circunstancia. Los místicos de diferentes tradiciones han llegado a tener esta experiencia energética en su cuerpo a través de la meditación, el silencio, la atención amorosa, determinadas actitudes corporales o, como Teilhard, a través de la inmersión en la naturaleza de la Materia. En Occidente, mi maestra Fedora Aberastury, creó el Sistema Consciente para la Técnica del Movimiento, un camino, desde Occidente, con la misma finalidad: anticiparnos al cuerpo que seremos. Destaco de ella la síntesis corporal que hizo de la energética humana y el poder permanecer en ella, no ocasionalmente, sino como un permanente «estado de conciencia», transmisible «de persona a persona», ya que el despertar de la Conciencia requiere de un acto consciente y de una decisión personal.

La Conciencia Energía es una Conciencia Universal. Pero, como anuncian todos los maestros espirituales, no todos están dispuestos a permanecer en ella, por no renunciar a los caminos conocidos o por quedar, como iluminados, seducidos por sus efectos. …Poca gente, reconoce Teilhard, se decide a abandonar un punto de vista antiguo para arriesgarse en una noción nueva. (…) y sin embargo, hay que dar el paso. Pues, en verdad, lo espiritual puro es tan impensable como lo material puro (EH 64).

En la concepción de Teilhard, el acceso evolutivo a la Conciencia Energía implica un proceso: El fenómeno espiritual no es, pues, una especie de breve relámpago en la noche: revela un paso gradual y sistemático de lo inconsciente a lo consciente, y de lo consciente a lo autoconsciente. Es un cambio de estado cósmico (…) es, finalmente, el movimiento cósmico por excelencia aquel del cual todo está suspendido y que nada explica; es, como señala nuestra tesis El Fenómeno (EH 105-106).

Para Teilhard, es evidente, no obstante, que la evolución de la conciencia no significa necesariamente un cambio en la conducta: No intento saber si un ser más consciente es absolutamente mejor que un ser menos consciente. Me limito a registrar que lo más consciente (es decir, lo más reflexivo, lo mejor centrado) sucede históricamente a lo que es menos centrado, menos reflexivo, menos consciente (EH 60).

Importante esta sutil apreciación de Teilhard. El acceso a un estado Superior de Conciencia y sus efectos corporales que siempre son evidentesno garantizan, en nuestro estadio evolutivo, una “ética” en la conducta. (Ya lo experimentó el pueblo griego cuando, creando los gimnasios, comprobaron que el “corpore sano” no conducía necesariamente a la “mens sana” o a la “areté”, la conducta, la virtud). Que sea un estado superior, y precisamente porque lo es, no obliga al ser libre a un cambio de conducta. Los “iluminados”, capaces de obrar sobre la materia con “poderes milagrosos”, pueden quedar adheridos o “colgados” a sus efectos y, no por ello ser mejores. De hecho, los verdaderos místicos y maestros avisan del peligro. Tal vez el «Centro de centros» retiene el avance de esta Conciencia hasta que la mente se libere de apresarlo todo en lo visible y hasta que lo físico, lo psíquico y lo espiritual puedan generar una Ética del Vivir.

El gran antropólogo, Mircea Eliade, que tuvo acceso a la investigación de la Dra. Thérèse Brosse, tiene un pequeño libro sobre Patáñjali y el yoga en el que, en la primera página, ya avisa del peligro en boca de Buda: El Buda prevenía ya a sus discípulos contra la exhibición de tales poderes: “justamente porque veo el peligro en la práctica de los poderes maravillosos (iddhi; literalmente “maravillas mágicas”) los execro, los aborrezco y me avergüenzo de ellos” (Dìghanikâya, 1, 212 y sig.) (PY 11).

No es el objetivo de lo que escribo profundizar en este tema. Gaspar Rul-lán, conocedor del hinduismo y de Teilhard, tiene varias interesantes publicaciones, al respecto, en la revista digital “TENDENCIAS”, a las que remito al lector. Según él, parece que Teilhard no conoció las obras incipientes sobre orientalismo de autores galos como: Abbé Dubois (1765-1848), Eugéne Burnouf (1081-1852), René Daumal (1908-1944) Alain Danielou (1907-1994) o René Guénon.

Como expresa Rul-lán: Probablemente las primera fuentes de información de Teilhard de Chardin sobre el hinduismo fueron, el exotismo oriental de una India misteriosa llena de dioses, ritos extraños y vacas sagradas, el esoterismo teosófico de Madame Blavatsky y Anne Bessant, y el discurso de algunos de los muchos gurús y swamis que pululaban por occidente presentando nuevas técnicas de meditación y fórmulas seudo-místicas para alcanzar la liberación final, consistente en la fusión con el Absoluto, todo esto presentado bajo el título genérico de Vedānta (TH).

No tengo noticia de que en China tuviera algún contacto con el Taoísmo, que Jung conoce a través de la versión del I Ching de Wilhelm, o El secreto de la flor de oro o yoga chino. (…) Queda, como un símbolo, la foto en la que aparece Teilhard con su amigo el Abbé Breuil ante la contemplativa figura del sepulcro de los Ming. Dos verticalidades frente a frente.

Su crítica hacia lo que conoce del hinduismo, no dista de lo que vive en el catolicismo, habiéndose adherido, en los dos, elementos que tergiversan su esencia y exacerban los aspectos culticos y rituales.

Y de ello, Teilhard convoca a la acción: la humanidad debe. en adelante consagrar una parte creciente, la mejor parte, de su atención al mantenimiento y al desarrollo de sus energías psíquicas (animadoras indispensables de la energía física en un universo que se ha hecho pensante), hacia la exploración y la explotación de la verdadera y muy noble «libido» cósmica (AE 159). Teilhard le da el nombre de «energía psíquica» como energía que se da en el ámbito de lo personal (Conciencia Energía), en relación con la «energía física», objeto habitual de la ciencia.

¡Esa nueva energía sigue siendo anónima! exclamaba Teilhard y concluía: Indudablemente ha llegado la hora en la que se puede y se debe poner en claro, por fin, en las antípodas de un orientalismo caduco, una nueva mística a la vez humana y cristiana: el camino de Occidente, el camino del mundo del mañana (AE 198).

Cuando, en Occidente, se cruzó en mi camino Fedora Aberastury, creí haber encontrado el profeta que interpretaba el misterio de lo que deseaba y que, en su tenacidad de artista investigadora, tenía una Visión proporcionada a la enormidad y a la variedad del esfuerzo que hay que realizar para la puesta al día de una Energética Humana. Se revelaban las «palabras escondidas» (AE 133). Su Sistema nunca quiso llamarlo Métodoabre directamente a la Energía Consciente. Aún desconocida para muchos, sintetizaba, para mí, desde Occidente, la praxis que el mundo oriental y las prácticas de los Padres del desierto me anunciaban. Los caminos en los que podía percibir un estado Superior de Conciencia, no como intuición sino como «acción», algo que, hoy en día, no deja de ser una pura rareza, tanto en el mental Occidente como en el contaminado Oriente, pero al que, irremisiblemente, llegaremos.

Lo «autoconsciente» es un «PENSAR» que no es una mera acción intelectual sino la emergencia de la Energía en la Materia personalizada, «el movimiento cósmico por excelencia».

«Pensamiento» ya no tiene aquí una connotación mental en la que los conceptos o las ideas, en el sentido platónico, pueden separarse de la realidad. El «Pensar», en el estado de Conciencia Energía, está vinculado al «Vivir». No es de extrañar, en este sentido, que Teilhard nombre la Energía como «Vida» o «Supervida». Si la cualidad de la Materia es la «entropía» y la conservación, la de la Energía es el avance y la expansión.

(…) Teilhard se refiere, en ocasiones, a la Energía como «el sentido de la Tierra» o «el Mundo en progreso», «avanzada de la onda cósmica» o «flecha humana». En realidad, es la Energía la que da «sentido» a la Materia y la que impulsa su «progreso hacia delante».

Pero en esta, indudablemente, dice Teilhardyace el “movimiento de fondo”, del que los otros dos tipos de evolución no son más que armónicos; y con ella sola tenemos, por fin, un “parámetro absoluto” de los desarrollos, no solamente de la Vida terrestre, sino del Mundo. Semejante a una marea, la subida multiforme hacia la Conciencia hincha con su sabia y empuja hacia delante, sin retroceso ni desviación de conjunto todas las fibras de la Biosfera; sus latidos sucesivos marcan las grandes etapas de la Vida; y, siguiendo su eje de progresión, un día se ha abierto paso en un dominio nuevo. Después de millares de siglos de esfuerzos, la Vida terrestre, hija del Cosmos, ha emergido en el «Pensamiento».

(…) En su espiritualidad, como en la cúspide del cono, deben volverse a encontrar todas las generatrices pasadas, reconocibles, aunque humanizadas: el hambre, el amor, el sentido de lucha, el gusto por la presa. El control de estas herencias en un plano superior es el trabajo de la Moral y el secreto de la más-vida (EH 30).

En la «cúspide del cono», en ese «plano superior» es donde sitúa Teilhard esta Conciencia Energía o Conciencia superior, denominada también, en la referencia corporal: «la punta de la pirámide» (hinduismo), «La punta del diamante» (sufismo) «El loto de los mil pétalos» (taoísmo) «Supramental» (Aurobindo) «Lo superior de la cabeza» (Teresa de Jesús) o el «Centro del Pensamiento» (Fedora Aberastury).

Esa tensión «hacia arriba» y «hacia delante» es un proceso irreversible y totalizador de «unificación»: Si lo Múltiple se unifica, es en último término porque se siente atraído. Ese «núcleo trascendente, divino» de atracción no opera forzando el ritmo y la evolución natural de la personalización:

Entre Dios atrayente y los elementos atraídos del Mundo, resulta evidente que las líneas de fuerza son proporcionales, en naturaleza a la calidad psíquica de estos elementos: Dios los atrae en la medida en que son atraíbles (AE 132). Lo cual equivale a decir que. para nuestra experiencia, se comporta como un ultra-foco de convergencia no solo virtual, sino eminentemente actual. (…) Porque, en el Hombre, al mismo tiempo que se vuelve a la vez autoconsciente y (por lo menos axialmente) auto-operante, la Evolución se vuelve también automáticamente, previsora de su porvenir.

Y con esto es suficiente para que aparezca, además y por encima de las cuestiones de estructuras y de procesos que hasta ahora bastaban para abarcar la economía de la Naturaleza, el formidable problema del ímpetu de la Evolución: problema biológico de un nuevo tipo, que silenciosamente asciende en… nuestros corazones y se dispone a dominar mañana el otro problema más general (que también crece en torno nuestro) de construir, por fin una Energética Humana (AE 287).

No es una hipótesis a priori la que propone Teilhard. La Energía humana es ya el fenómeno reconocible en lo que sucede: Los elementos personales del Universo volverían a caer en el desorden (es decir, en la nada) si no encontraran, para dominarlo, lo Suprapersonal ya actualizado. En el Mundo que nos rodea debe, pues, encontrarse, para equilibrar nuestra acción, no solamente la espera, sino el rostro ya reconocible de una Personalidad Universal (EH 78).

Situada en el frente de avanzada de la onda cósmica, la Energía Humana cobra un interés sin proporción con la debilidad aparente de sus dimensiones. La noosfera es una película casi imperceptible si se la compara con las dimensiones astrales. En realidad, esa delgada superficie es nada menos que la forma más progresiva bajo la que nos es dado comprender y contemplar la Energía Universal. En esta envoltura tenue pasa la esencia de las inmensidades que bordea: la nota superior alcanzada por la vibración de los mundos (EH 132).

(…) Con adjetivos como «tenue» o «imperceptible» o «progresiva», Teilhard describe certeramente las cualidades de la Energía que la diferencian de la Materia.

Difícil de comprender si no se tiene la experiencia por más explicaciones que se den. Desde la mente acostumbrada a la inducción y deducción, al análisis y la síntesis o la percepción de la realidad a través de la corta percepción de los sentidos, lo «tenue» e «imperceptible» no deja de vivirse como una mera especulación.

En la concepción de Teilhard, el acceso evolutivo a la Conciencia Energía implica un proceso: La Energía Humana, acabamos de reconocerlo, se presenta a nuestra observación como el término de un vasto proceso en el que se encuentra comprometida la masa total del Universo. A partir de esta observación se formula varias preguntas: ¿Ha alcanzado este proceso un régimen de equilibrio? ¿O bien continúa desarrollándose? ¿Representa la Noosfera una especie de onda estacionaria en la que se consume, en cada instante, sin residuo, la energía espiritualizada de nuestro mundo? ¿O por el contrario, está animada de un movimiento propio que la arrastra hacia una concentración, es decir, hacia una espiritualización de un orden superior? Más simplemente ¿Se ha parado la evolución con y en el Hombre? ¿O más bien se continúa a través de él, más lejos, más allá de nosotros mismos? (EH 132).

Tanto si lo queremos como si no, nos encontramos totalmente cogidos en esta transformación. Repito, entonces mi pregunta: «¿Qué vamos a hacer?» ¿Ir contra la corriente? Sería loco y, por otra parte, imposible. ¿Dejarnos arrastrar pasivamente por las olas? Sería cobardía. Y, por otra parte, ¿cómo permanecer neutrales nosotros, cuya esencia está en actuar? Una sola vía queda ante nosotros: fiarnos de la infalibilidad y del valor finalmente beatificante de la operación que nos engloba. En nosotros, la evolución del Mundo hacia el espíritu se hace consciente (EH 135). Este «consciente», que ni la Materia ni la mente pueden percibir, es Conciencia Energía.

Y su pregunta se convierte en llamada apremiante: No solamente, como antaño, para nuestro pequeño individuo, nuestra pequeña familia, nuestro pequeño país no solamente, tampoco, para la tierra entera, sino ¿cómo debemos nosotros, hombres de hoy, para la salvación y el éxito del mismo Universo, organizar lo mejor posible, alrededor de nosotros, el mantenimiento, la distribución y el progreso de la Energía Humana?. Toda la cuestión está ahí (EH 135).

La Energía Humana, que aparece personalizada, espera ese «alma común» que nos permitiría verla como «organización totalizadora» (EH 154).

Se trata de una «tensión de conciencia». ¿No consiste lo fundamental del problema humano justamente en explicar cómo el impulso vital puede prolongarse convirtiéndose en autoconsciente? (EH 150).

Es posible que Teilhard, como muchos científicos, pensadores o artistas de su tiempo, teniendo clara su convicción de la relación Materia-Energía, no tuviera una percepción de la Energía, de forma consciente, en su realidad corporal. Algo describe Teilhard cuando, en la dura realidad de las trincheras, tiene, en su cuerpo, la experiencia de ser transportado a un estado que trasciende su cuerpo y la dramática situación en la que vive. Ese estado debió repetirse a lo largo de su existencia. Todos los que le conocieron, testimonian su centramiento, armonía, serenidad, incluso alegría y humor con los que enfrentaba las adversidades. Ese estado le permitía atravesar las situaciones más difíciles y complejas con una imperturbable paz. Imposible dudar de que, sin una disciplina específica y sin artificio, el «despertar de la Conciencia» le acompañó en el transcurso de su vida, vivida en el «Pensar Místico».

En mi libro Conciencia Energía y Pensar Místico trato de hacer un discernimiento sobre estos dos términos:

La Conciencia Energía es un «estado» presente en todos los seres pero que requiere de la Conciencia para que la Energía se active. Podemos decir que es un ascenso real sobre la conciencia mental que se activa a partir de nuestras voluntades conscientes.

El Pensar Místico, hacia el que todos nos dirigimos, es lo que Teilhard llama «el Medio Divino» o Sri Aurobindo «la Vida Divina». Es un camino de ascenso y descenso en el que la acción de la persona no queda en vacío, sino transformada en acción divina. La iniciativa parte de Dios. Es el paso del hacer, de la actividad voluntaria, a lo que, en diferentes ámbitos, Teilhard llama «Pasividades», que es un «dejarse hacer».

Esa Energía, «Energía Humana», no percibible por los sentidos, pero real y efectiva, que silenciosamente asciende en nuestros corazones se hace evidente en sus manifestaciones:

La «suspensión» como liberación de los condicionamientos de la Materia

El concepto «suspensión» es el que muchos místicos utilizan para definir la acción de la Conciencia Energía. Porque, una de sus manifestaciones más evidentes, es la expansión y compensación con la densidad y la «gravitación», acción propia de la Materia. En cierto modo, una posibilidad de trascender las leyes y los límites de la Materia.

La crítica de Teilhard se dirige hacia la inversión de esa perspectiva, desde el siglo XIX:

En lugar de suspender la marcha de las cosas de un plano superior del espíritu, la ciencia del siglo XIX la ha imaginado soportada y limitada por potencias elementales de los múltiple. Ha proyectado hacia abajo el centro del mundo. Su mística se ha perdido en el culto de la materia (EH 187).

Refiriéndose Teilhard a la compresión «astrogenética», como la fuerza de la gravedad sobre la materia sideral difusa que mantiene el equilibrio de los astros, reflexiona sobre el movimiento de la Antropogénesis que sucede a la Biogénesis: es, en fin de cuentas, observada «desde abajo», un fenómeno de gravedad, lo cual no impide que la Conciencia liberada por el enrollamiento vital desarrolle gradualmente una fuerza ascensional y unitiva propia (atracción hacia la unidad) (AE 150).

Este movimiento de «suspensión» o de ingravidez es preanunciador, o revelador, de la acción del Espíritu en la Materia como «estado de suspensión universal»… La Vida y el Pensamiento podrían, entonces, ser especiales de la Tierra; pero serían aún la Vida y el Pensamiento del Mundo (EH 27).

(…) En la representación cónica con la que Teilhard representa la evolución de la Conciencia hacia la cúspide del cono, indica que la «suspensión» es un proceso de «verticalización» que, en el Hombre, es la ley física de su síntesis suprema.

Por el simple hecho de su existencia en la Naturaleza, el Hombre impone al Cosmos, primero, una cierta materia y luego una cierta estructura; y el resultado de esta doble condición es la de constituirlo a él, al Hombre, en el campo de nuestra experiencia como la porción más significativa y la más preciosa del Universo (EH 129).

El fenómeno espiritual es, pues, uno de los movimientos cósmicos más fundamentales que podemos alcanzar experimentalmente. Y puesto que, probablemente, estos dos movimientos contrarios (a saber, la vitalización y la disipación de la energía) no son más que los polos opuestos de un mismo acontecimiento cósmico en el cual el término positivo o sintético es el más significativo, es, finalmente, el movimiento cósmico por excelencia aquel del cual todo está suspendido y que nada explica; es, como señala nuestra tesis el Fenómeno (EH 106).

Como expresa Teilhard: la transfiguración de nuestras actividades tiende a prolongarse en otra metamorfosis más profunda: Por el hecho mismo de que se hacen totales, cada una por sí misma, nuestras operaciones se encuentran lógicamente abocadas a totalizarse, tomadas todas juntas en un acto único (EH 161). (…).

Teilhard habla de una «antropogénesis ascendente» desde la que dar una clave de la Cristogénesis: ¿Qué mejor que una antropogénesis ascendente para servir de último término y de base de las iluminaciones descendientes de una Cristogénesis? (EH 194). Para ello no duda en decir que es necesaria una fe, una Mística.

La Conciencia Energía, en su suspensión, nos permite ver desde un nivel superior de conciencia todo lo que a nuestro alrededor sucede: Cuando, por el progreso en nuestros corazones del Amor del Todo, sintamos apagarse más allá de la diversidad de nuestros esfuerzos y nuestros deseos, la exuberante sencillez de un impulso en el que se mezclan y se exaltan, sin perderse, los innumerables matices de la pasión y la acción, entonces, en el seno de la masa formada por la Energía Humana, nos aproximaremos cada uno a la plenitud de nuestra eficiencia y nuestra personalidad (EH 163).

La suspensión quizás, como expresa Teilhard refiriéndose a la energía espiritual del amor, no podemos contemplarla sino como una «Metapsíquica». Y aunque la Física fracasase en esta tarea que no pertenece a su ámbito, algunos efectos psicológicos de otro orden (pienso aquí en la «Mística»), ¿no realizarían un día la evasión soñada de nuestros cuerpos a sus determinismos y de nuestra alma a su aislamiento? (EH 141).

Si alguien pensara que Teilhard teoriza al respecto, que vuelva a contemplarlo, en el inframundo de las trincheras en una verdadera «suspensión» de su pensamiento. Sólo permanecer en un Estado de Conciencia superior y la atracción de Omega, le pudo permitir crear uno de sus escritos más luminosos y sintéticos del tiempo de guerra, mientras veía a la luna elevarse desde el horizonte (GM 15 febrero 1918).

Ese Fenómeno que Teilhard describe, por sus propiedades, como «irresistible», «irreversible» y «totalizador», dinamiza el proceso mismo de la evolución que se manifiesta, en la evolución de la Conciencia y en la fuerza inherente a la Personalización:

Considerado en sus dimensiones más generales y en su porvenir más lejano, el fenómeno espiritual representa, pues, finalmente, la aparición segura y definitiva de un «quantum» cósmico de consciencia; es decir, en suma (puesto que los dos términos son idénticos), de un «quantum» de personalización (EH 108).

(…) De ahí la descripción siguiente para el Término supremo hacia el que tiende la Energía Humana: «Una pluralidad organizada cuyos elementos encuentran, en su paroxismo de unión y de transparencia mutuas, la consumación de su propia personalidad, encontrándose el Cuerpo entero suspendido de la influencia de un Centro distinto de supra- personalización» (EH 157).

El Centramiento

La psicología habla de “estar centrado” y los caminos de interiorización también se proponen el “centramiento” o la “unificación” de la persona. Teilhard lo sitúa en una forma superior de conciencia capaz de organizar todos los procesos evolutivos previos y en el que se da el estado de personalidad.

La tensión de centramiento ya se daba, para Teilhard en la «Materia inanimada» en la que aparece, al no tener «dentro», como una mera «disposición». Es lo «pre-céntrico» (AE 95-96). En la Biosfera, para pasar de la Pre-vida a la Vida, ha tenido que atravesar cierto punto crítico de centración. Los elementos que la componen aparecen dotados con una notable potencia de autocomplejificación por las leyes del Azar… siempre sumergido en ese Azar se comporta en él como en un medio nutritivo, escogiendo, cogiendo e incorporando activamente, aprovechando las posibilidades, los elementos de una centro-complejidad más elevada (AE 97).

En la Noosfera, lo centradamente difuso adquiere un estado que Teilhard llama «rigurosamente puntiforme» por el que surge en el corazón del individuo, un foco eu- centrado, «puntual»; es decir un ego de índole personal. Y ello basta para que se manifieste entonces una serie de fenómenos nuevos en los progresos subsiguientes de la Centrogénesis.

En primer lugar, en virtud de su nueva naturaleza personal, el centro cósmico humanizado descubre, en sí mismo el sentido y la exigencia de lo irreversible (AE 99).

Se abre la posibilidad de un acercamiento «exocéntrico», la posibilidad de contactos «centro a centro», entre centros perfectos (AE 100). Estos sucesivos centramientos, enfocados hacia el porvenir revelan un «vértice» de confluencia. La existencia de un punto Omega cósmico ha aparecido ante nosotros, afirma Teilhard. En él, por tanto, una complejidad máxima, de amplitud cósmica, coincide con una centridad cósmica máxima… Omega, tal como lo descubre nuestra ley de recurrencia, tiene que presentarse, visto por nosotros, como siendo a la vez: personal, individual, parcialmente actual ya, y, parcialmente también trascendente (AE 101).

En el proceso evolutivo natural se trataba para la Vida, según parece, de llegar, a través de elementos cada vez mejor organizados, a establecer sobre la Tierra una forma superior de consciencia, un estado de personalidad. Con el Hombre y a través del Hombre, el elemento acabado y centrado, es decir, la persona, se encuentra, por fin, constituido (EH 32).

Constituido, pero no como un proceso acabado, sino como la posibilidad de abrirse a un sistema abierto de centros.

El «centramiento» es un movimiento de constante cambio, creatividad y trascendencia.

La mónada humana es personal porque está centrada. Pero hay una infinidad de maneras de ser centro, según la densidad de los rayos que convergen y según la intimidad de su conexión (EH 73).

Muy legítimamente, centrarse, individualizarse, personalizarse, es la mitad de la alegría de vivir (siendo la otra mitad, y la mejor, el descentrarse en algo más grande que uno mismo…) (EH 33).

(…) Coincidiendo con los demás, encontraremos el centro de nosotros mismos (EH 71).

Ese movimiento es «radial», centro a centro, de manera que se provoque en el fondo de nosotros mismos, por medio de una síntesis, un progreso de naturaleza directamente céntrico. Dicho de otro modo, se trata de amarnos, puesto que también el amor es, por definición, el nombre que damos a las acciones «inter-céntricas». El amor es, por naturaleza, la única energía de síntesis cuya acción diferenciante puede super-personalizarnos (AE 47). (…)

En este proceso de centramiento, el Omega sería un «Centro de segunda especie» no ya emergente y movido, sino centro emergido y motor de la Convergencia universal (AE 45).

La unificación

Son la multiplicidad y la dispersión experimentada en uno mismo y en la colectividadlas que nos llevan a intuir, interiormente, que tiene que haber un camino de salida que despierte en nosotros el instinto humano de Unidad.

La mente, en su divergencia y sus mecanismos de ensayo y error, sólo accede a la unidad a través de sus operaciones de análisis y de síntesis.

La Energía, Conciencia Supramental, tiene en sí misma una fuerza unificadora desde la que toma forma humana la acción del «ya Uno»:

…la corriente que agita a la Materia debe ser concebida menos como un simple empuje interno que como una marea. Lo Múltiple sube, atraído y englobado por el «ya Uno». Este es el secreto y la garantía de la irreversabilidad de la vida. (EH 50).

La última fase de esta Revelación inmensa, cuya historia se confunde con la del Mundo, no puede ser más que la de la Unión, cuando la atracción divina, victoriosa de las resistencias materiales, haya arrancado definitivamente los determinismos inferiores del Espíritu lentamente elaborado por toda la sabia de la Tierra (EH 51).

En las conclusiones de su escrito Ensayo para una dialéctica de la unión (Pekín 13 diciembre 1944), se refiere a la Unión, después de tratar de la «Centrogénesis» y el «Punto Omega». Comienza definiendo lo que él llama: Las leyes de la unión.

En primer lugar la unión crea. Todos los procesos evolutivos desde los más elementales a la conciencia reflexiva y autoconsciente que hace consciente el punto Omegasignifican un progreso que está vinculado constantemente a un aumento de unión.

En segundo lugar la unión diferencia. En todo proceso de unificación los elementos que se unen, en lugar de esfumarse o fundirse, se encuentran reforzados sobre sí mismos. En otro lugar insiste en ello: La verdadera unión no ahoga ni confunde los elementos: los supradiferencia en la Unidad (EH 46).

En tercer lugar la unión personaliza. Lejos de tender a confundirse, los centros reflexivos intensifican el ego a medida que se acercan más unos a otros al converger sobre el Omega (AE 105-106).

En su escrito Tierra Prometida, Teilhard, rescata el valor positivo de la guerra que se manifiesta en las señales que la unión evidencia y que significa difícil de comprender en el orden de la lógica racional, un despliegue extraordinario de energía espiritual:

En los más diversos órdenes (económico, industrial, moral…) se ha visto surgir efectos, que en tiempos normales los sensatos hubieran declarado irrealizables.

Bajo la presión de una urgente y noble Necesidad común, los Hombres han manifestado una capacidad de trabajo, de búsqueda, de voluntad, de abnegación, que anteriormente apenas sospechaban.

Se han sentido más libres y más fuertes en la conciencia de Algo que los engloba y los sobrepasa. (GM 175). Con eso, Teilhard no justifica la guerra, puesto que es evidente que el objetivo no es la guerra, sino la Paz. A lo que se refiere es al sentimiento de unión que nace ante situaciones límite.

“Momentáneamente”, “al menos en algunos momentos”. Teilhard es realista. Cuando en el frente se producían paréntesis de calma, los lanzados a poner todas sus energías en el objetivo común, volvían a sus egoísmos, rencillas o distanciamientos, olvidando esa región de espiritualidad superior.

Nuestra realidad social, por muchos caminos, sobre todo a través de los medios de comunicación, se muestran más inclinados a la desesperanza que a la esperanza a la que el Uno convoca. Teilhard lo detectaba de su tiempo: ¿No está de moda burlarse, hoy, de la Unión sagrada?, ¿lamentar su efímera existencia?, ¿insistir sobre la maldad humana que renace?, ¿Insinuar que, de todos los bellos llamamientos al ideal de los pueblos, no queda más que una cortina arrojada sobre unas combinaciones políticas o bancarias? (GM 174).

La experiencia le dice a Teilhard lo contrario: En lo más profundo de mí mismo, y por haber experimentado su poder, yo sé que acaba de pasar sobre el alma de los hombres un soplo real y nuevo… Por poco que parezca lo ocurrido, me contentaré, para mi tesis, con el hecho innegable de que la Humanidad se ha encontrado momentáneamente mejor, por haber vivido, durante algunos meses, bajo la influencia de un Ideal común… La Unión sagrada, aunque no haya durado más que el tiempo de un relámpago, es suficiente para que hayamos podido entrever el futuro prometido a nuestra Especie, y descubrir el camino para llegar a él (GM 174).

La apertura al amor

¿Qué significa que Einstein dijera que la Energía es Amor? ¿Es la Conciencia Energía la cima desde donde vislumbrar un amor liberado de las condiciones que la Materia impone? ¿cómo se integra el amor y evoluciona a lo largo del proceso de Personalización?.

El amor es, por definición, la palabra de la que nos servimos para designar las atracciones de la naturaleza personal. Puesto que, en el Universo convertido en pensante, todo, en fin de cuentas, se mueve en y hacia lo Personal, es forzosamente el Amor, una clase de amor, el que forma y formará cada vez más, en estado puro, la trama de la Energía Humana (EH 158).

Sin duda, Teilhard, nos ha dejado las más bellas páginas escritas sobre el Amor en nuestro tiempo: La manera más expresiva y la más profundamente verdadera de contar la Evolución universal sería, sin duda, volver a narrar la Evolución del Amor (EH 36).

Tras las primitivas formas evolutivas… Finalmente, es con la Hominización cuando se revela, sólo, el secreto y las virtudes múltiples de su violencia. El amor «hominizado» se distingue de cualquier otro amor porque el «espectro» de su cálida y penetrante luz se ha enriquecido maravillosamente. No solamente la atracción única y periódica con vistas a la fecundidad material, sino una posibilidad, sin límite y sin reposo, de contacto por el espíritu mucho más que con el cuerpo; antenas infinitamente numerosas y sutiles que se buscan entre los más delicados matices del alma; atracción de sensibilización y de perfeccionamiento recíproco, en la que la preocupación por salvar la especie se funde gradualmente en la embriaguez, más amplia, de consumar, entre dos, un Mundo. Hacia el Hombre, a través de la Mujer, es en realidad el Universo el que avanza. Toda la cuestión (la cuestión vital para la Tierra…) es que se reconozcan (EH 36).

En razón de la propia Evolución, el amor se hace presente desde los primeros movimientos en común, hasta la culminación de la Personalización: En un mundo centro- complejo no existe oposición, sino que, por el contrario, existe coincidencia entre lo Personal y lo Universal… Desde el momento en que, despiertos a la consciencia explícita de la Evolución que los arrastra, los hombres comienzan a mirar todos juntos a una misma cosa hacia delante, por este mismo mecanismo ¿no empiezan ya a amarse?… En un Universo de estructura centro-compleja, el amor, esencialmente, no es sino una energía propia de la Cosmogénesis… Y he aquí que —única entre todas las energías del mundose muestra capaz de llevar hasta su término la Personalización cósmica, fruto de la Centrogénesis… centro a centro, es decir, amándose (AE 108).

El amor, tanto como el pensamiento, está siempre en pleno crecimiento en la Noosfera. Cada día se hace más patente el exceso de sus energías crecientes sobre la necesidad, cada día más restringida, de la propagación humana. Es que el amor, por tanto tiende, bajo su forma plenamente hominizada, a llenar una función mucho más amplia que la simple llamada a la reproducción. (…) (EH 140).

El Amor-Energía es la clave del paso de lo individual a lo colectivo, por eso, para Teilhard: El paso de lo individual a lo colectivo es el problema actual y crucial de la Energía Humana (EH 163). (…)

(…) Con la esperanza que animaba a Teilhard, en medio de las adversidades que la lenta evolución impone al tiempo, afirma su convicción: Y expresión de un movimiento irresistible e infalible como el mismo Universo, ningún obstáculo podrá impedir a la Energía Humana alcanzar libremente el término natural de su evolución (EH 166).

Como experiencia corporal, vinculada al amor y su evolución, Teilhard muestra su interés por la sexualidad humana, donde más claramente se perciben los niveles de amor en el que nos encontramos: ¿Cuáles son, exactamente, el sentido y la esencia del amor-pasión en un Universo de trama personal? (EH 80).

(…) Bajo sus formas iniciales, y hasta muy avanzada la Vida, la sexualidad aparece identificada con procreación. (…) No cabe duda de que la sexualidad ha tenido primero, como función dominante, que asegurar la conservación de la especie, mientras no llegó a establecerse, en el Hombre el estado de personalidad. Pero desde el instante crítico de la Hominización, le ha correspondido al amor otro papel más esencial, cuya importancia empezamos a sentir, quiero decir, la síntesis necesaria de los dos principios masculino y femenino en la edificación de la personalidad humana… El hombre y la mujer para el hijo, todavía, y mientras la vida terrestre no haya llegado a su madurez. Pero el hombre y la mujer, uno para el otro, cada vez más y para siempre (EH 80).

Estando en la trinchera, en Verzy, próximo a Reims, escribe unas breves cuartillas sobre El Eterno Femenino (19-25 marzo 1918) en las que deja constancia de esa veneración. (GM 55-58).

Lo Eterno Femenino en la mujer, lo femenino, bien integrado, en el hombre. El horizonte del amor por el que Teilhard nunca dejó de preguntarse: ¿Es realmente posible que la Humanidad siga creciendo sin interrogarse con franqueza sobre lo que deja de perder de verdad y de fuerza en su increíble poder de amar?. (…) El Amor es una reserva sagrada de energía y como la sangre misma de la Evolución espiritual: he aquí lo que nos descubre en primer lugar el Sentido de la Tierra (EH 35, 37).

El acceso a la Conciencia «autoconsciente» nos permite, no solo imaginar sino ver «un universo amorizado» y que toda realidad, personal y cósmica «se convierta rigurosamente por estructura, en algo amable y amante» (AE 230).

El sentido del sufrimiento

Todo lo logrado en la aventura de la Conciencia pareciera desvanecerse ante el choque con los límites, el encuentro con la adversidad o el hecho irrebatible del sufrimiento. Pero, es precisamente en esas abismales experiencias donde la Conciencia Energía como el leño hecho solo llamaadquiere su transparencia, su calor y su valor.

Así fue para Teilhard, que no rehusó estar presente en las trincheras, en primera línea del frente, y que no reclamó ningún privilegio cuando se le retiraron sus cátedras, se prohibieron sus escritos o tuvo que pasar la mayor parte de su vida alejado de su país y de los suyos. Puede decirse que fue, inmerso en el sufrimiento, desde donde Teilhard pudo alcanzar su visión amorizante y esperanzada hacia la Humanidad.

Parece inevitable que, en un gesto involutivo, la conciencia reflexiva despierte en el ser humano un sentimiento de «miedo» asociado, para Teilhard, no sólo a la angustia por las circunstancias concretas de la existencia, sino a una «angustia cósmica y biológica» que no es otra cosa que la «pena de evolución». Haber logrado que la consciencia se haya vuelto «consciente de sí misma», parecería un gran progreso, si no fuera por los fenómenos de ansiedad que le acompañan: no hacer pié en el mundo, tener que enfrentar lo inesperado, lo irresoluble, la autonomía, la libertad o el perdido «fondo de sí mismo».

Nunca, como ahora así lo vio Teilhard en su tiempoel yo individual se ha encontrado en el «espanto» de verse enfrentado, bien sea con el universo material o bien con el universo humano, a los que nunca se había considerado tan grandes y tan amenazadores (AE 162.163). El universo material enfrenta al ser humano con la «Inmensidad» (absoluta insignificancia de nuestro ínfimo), la «estanqueidad» (el hecho de rendirse a la evidencia de la imposibilidad radical de salir del espacio y el tiempo, imposibilidad histórica o imposibilidad psíquica) y la «hostilidad» (verse descentrado queriéndose centrar). Y, en cuanto a lo humano: la masa humana empieza a su vez a adoptar un aspecto inquietante y extraño enfrentada a la «Inmensidad» (lo inmenso en lo colectivo ante lo individual), la «Opacidad» (conciencia del aislamiento interior) y la «Impersonalidad» (no solo el anonimato sino una forma violenta despersonalizante).

La responsabilidad Teilhard la contempla desde la «extensión» (amplitud y resonancia creciente de los actos individuales), la «profundidad» (influencias en nuestra estructura orgánica y mental) y el «volumen» (valor de un solo gesto para la salvación o la pérdidaen un grupo mayor).

Se trata refiriéndose a la responsabilidadde una situación peligrosa y penosa, por supuesto, en la medida en que suscita ante nosotros un mundo de problemas vitales: alimentación, higiene, distensión nerviosa de una multitud de seres acercados y mezclados entre sí hasta la asfixia.

Pero en cambio también se trata (y esto se olvida con demasiada frecuencia) de un dinamismo formidable, capaz de engendrar ya percibimos los primeros síntomas, con muchos sufrimientos y faltas, una energía espiritual intensa.

Se trata de una «Responsabilidad en ascensión» que, definitivamente superada una mejora y perfeccionamiento individual, se encamine a una dimensión «ultrahumana», una «responsabilidad generalizada». (…)

Teilhard nos hace elevar la mirada sobre la enfermedad partiendo de una observación común: Por naturaleza, la enfermedad tiende a dar, a los que alcanza, la impresión de que son inútiles, o incluso, una carga en la tierra (EH 54). Pero, por el contrario: (…) Por naturaleza, por complexión, los que sufren se encuentran como arrojados a emigrar fuera de las formas presentes de la Vida. ¿No están, por tanto, por el mismo hecho predestinados, elegidos, para el trabajo de elevar al Mundo, por encima del placer inmediato, hacia una luz cada vez más alta? (…)

(…) Una vez puestos todos los medios para su recuperación la resignación cristiana es lo contrario de la capitulación, el enfermo debe comprender que, en la medida en que está enfermo, tiene una función especial que cumplir, en la cual nadie puede reemplazarle: la de cooperar a la transformación (podríamos decir a la conversión) del sufrimiento humano (EH 56).

La mirada del cristianos ante Jesús crucificado, tiene que reconocer que no es un rechazado o un vencido. Es, por el contrario, el que soporta el peso y arrastra siempre más alto, hacia Dios, los progresos de la marcha universal (EH 57).

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